sábado, 11 de julio de 2009

La vida sin tiempos muertos

El ocio se ha convertido en un espacio tan ocupado como el laboral en el que no se deja cabida al aburrimiento
El exceso de actividades de los niños merma la creatividad y la reflexión.

"Me aburro". Repetida como el mantra del verano, es la queja cotidiana de un niño en vacaciones, enfrentado de repente a horas en blanco tras meses de actividad frenética, de madrugones, clases y extraescolares. Contra el aburrimiento poco pueden los campamentos, las mañanas en la piscina, los innumerables artilugios electrónicos del paisaje doméstico -desde Internet a las consolas, pasando por la tele o los móviles-, ni siquiera las pantallas de DVD que muchos coches incorporan ya para hacer más llevaderos los desplazamientos. El "me aburro" es una tortura para los padres, que se sienten obligados a llenar todos y cada uno de los ratos de ocio del menor como si fuera responsabilidad suya también que el niño esté continuamente entretenido.

Pero tampoco los mayores se libran de experimentar cierto hastío en su tiempo libre. El ocio, conquista social, un derecho fruto de la limitación de la jornada de trabajo, es para muchos un pozo sin fondo, porque, más que un espacio para la recuperación o construcción personal, se ha convertido en un bien de consumo, con una oferta permanente en la que, de manera similar a la naturaleza, en la que la función crea el órgano, más posibilidades generan más y más necesidades.

Como en otros muchos ámbitos, la calidad y la cantidad del tiempo libre dependen tanto del estilo de vida habitual como de una buena administración y gestión del mismo. Por eso hay una relación directa entre las actividades del curso y la aparente frustración -en forma de hartazgo, de insatisfacción o tiempos muertos- que puede generar un prolongado periodo de vacaciones. Porque sí, pese a la abundancia de estímulos exteriores, los niños se aburren. "Se aburren precisamente por eso, porque tienen todo el tiempo ocupado, pautado, y en un tiempo muerto no saben qué hacer", explica Angustias Roldán, psicoterapeuta y profesora de Psicología Clínica Infantil y Adolescente de la Universidad Pontificia Comillas de Madrid. "No sólo es el aburrimiento, ahora los niños están estresados, los padres los apuntan a todo, pensando que lo están haciendo mal si el niño se aburre, y no es así en absoluto. No podemos solucionar su aburrimiento jugando siempre con ellos", advierte.

Aviso para padres superados por la letanía del "me aburro": el aburrimiento, lejos de ser una condena inapelable, tiene también aspectos positivos. "Es bueno porque estimula la creatividad; ayuda al niño a observar, a reflexionar, a imaginar, a crear. Antes nos inventábamos juegos con un palo y unas piedras; ahora, en cambio, todo está pautado y el margen de creatividad es mínimo. Además, la sobrecarga de actividades también favorece el aburrimiento. El tiempo muerto es un espacio en el que el niño aprende a estar consigo mismo, así gana autonomía y no depende tanto de cosas externas, como horarios o actividades impuestas, o de los mayores", subraya Roldán.

Cuando hablamos de aburrimiento, lo hacemos también de otros sucedáneos como embotamiento, malestar vago e indefinido, hastío, monotonía, aislamiento, ensimismamiento: sensaciones que según los psicólogos definen el estado opuesto al entretenimiento. Pero en lugar de remediarlo con profusión de estímulos o actividades, la receta consiste en prescribir calidad. "Muchos de los estímulos que reciben los niños son apabullantes, lejos de desplegar los sentidos los bloquean. Si pensamos, por ejemplo, en la televisión, a menudo, se produce un asedio por dos sentidos -vista y oído- que dejan al niño desprovisto de parte significativa de su actividad mental. A la larga, como la televisión se lo da casi todo hecho, se reduce la imaginación y es probable que cuando no esté frente a la pequeña pantalla le cueste más hallar actividades gratificantes. Ésta es una de las consecuencias del uso abusivo de los medios audiovisuales, algo que por otra parte hace una parte considerable de los menores en España", asegura Valentín Martínez-Otero, psicólogo y profesor de la Universidad Complutense de Madrid. En España, los niños ven de media la televisión 218 minutos al día (3:40 horas). No existen datos de cuánto se incrementa el consumo en vacaciones.

No hay un prototipo de niño aburrido, como tampoco un carácter especial o una circunstancia concreta que predisponga a los menores a aburrirse. "No tengo ninguna evidencia de que las características de la personalidad o el sexo tengan la menor influencia en el aburrimiento, aunque sí es cierto que los chicos más activos, cuando no tienen nada que hacer, se aburren con mayor facilidad que los más tranquilos", asegura el psicólogo Jesús Ramírez Cabañas, que aconseja "organización familiar" a la hora de encarar el amplio paréntesis vacacional de los menores. ¿Cuál es la receta? "Planear una serie de actividades diarias que incluyan un repaso a las materias vistas durante el curso, y otras de carácter más lúdico, como los juegos de ordenador y de consola, controlando que no sea un tiempo excesivo. Es conveniente que haya cambios de actividad lo más continuos posibles", recomienda este psicólogo educativo.

Los niños y los adolescentes se aburren de manera distinta. "Los adolescentes nunca te dirán que se aburren", apunta Angustias Roldán; "para los niños la clave está en jugar, para los adolescentes, en hablar. Pero el aburrimiento en los adolescentes es el mismo, aunque con unos componentes distintos". La necesidad de hablar explica tal vez el éxito de las redes sociales de comunicación, aunque la mayor parte de las veces ésta se reduzca a la emisión de gorjeos (tweets, que da nombre a una de las más usadas, Twitter, significa eso en inglés) en forma de unos pocos caracteres con una transmisión de información mínima.

El ocio ocupa el 28% de la jornada diaria de los españoles de 15 a 24 años, según el estudio Panorama de la sociedad 2009 de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), que recoge datos relativos a 2006 y 2007. Para la mayoría de los jóvenes españoles de 15 a 29 años, el ocio parece además ser un fin en sí mismo, a juzgar por el sondeo de 2009 sobre la juventud española del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS): para el 46,9%, el tiempo libre se sitúa por encima de la sexualidad en el orden de preferencias; el disfrute del sexo ocupa un discreto segundo plano, con el 40,9%. Un tercio del total del ocio diario lo ocupa la televisión, según el estudio de la OCDE; poco más o menos, el equivalente al 30,9% que los jóvenes de 15 a 29 años declaraban dedicar a ello en el sondeo Cifras Jóvenes, del Instituto de la Juventud, hace casi una década, en 2001.

Alguna mente aviesa podría fácilmente establecer una inequívoca relación causa-efecto entre el abundante consumo televisivo y el aburrimiento en el tiempo libre, pero éste, igual que la satisfacción, no deja de ser una percepción subjetiva. También lo es la experiencia de la rutina, que deriva a menudo en el aburrimiento -y que, por tanto, invadiría también el tiempo ocupado-, aunque en teoría son dos cosas bien distintas. "Aunque hay cierta asociación entre aburrimiento y rutina, cabe señalar que el aburrimiento es sobre todo un estado personal y la rutina una actividad exteriorizada. La rutina está condicionada por las actividades cotidianas que realizamos, pero en parte depende de uno mismo", señala Martínez-Otero. "Se puede estar muy aburrido aunque se varíen las actividades y se pueden encontrar motivos de distracción en la cotidianidad, pero, en efecto, es más fácil aburrirse cuando las actividades realizadas son siempre las mismas".

Todas las opiniones recabadas remiten a una conclusión, la de que conviene acabar con la mala prensa del aburrimiento porque, además de inevitable, también puede resultar positivo (o cuando menos, a veces, reparador). Pero en la práctica no resulta tan sencillo, porque el ocio se ha convertido en un bien de consumo obligatorio. Por ejemplo, entre los mayores está aún peor visto que en los niños desperdiciar las horas libres sin hacer nada; una cierta sensación de culpa se adueña de quien, el lunes, no puede desplegar ante los compañeros de trabajo el abanico de actividades desarrolladas durante el fin de semana.

Tanto para los jóvenes como para los adultos -y cada vez más para los niños- "el ocio ya no es un tiempo muerto que se llena, sino una opción más de consumo", advierte el sociólogo Antonio López, de la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED), que establece un paralelismo entre el horror vacui que a muchos les provoca el ocio -y por ende la necesidad de llenar hasta el último minuto de actividades- con el uso compulsivo del móvil, "ese hablar, y hablar, y hablar, y no decir nada". "La gente busca una experiencia instantánea, una satisfacción inmediata, a ser posible fuerte, como una cogorza rápida en el caso de muchos jóvenes, pero eso no te aporta nada", subraya el sociólogo. El dolce far niente, aquello de tumbarse a la bartola y pensar en las musarañas, ha pasado a la historia por el imperativo productivo del ocio. Un ejemplo, la oferta de turismo activo, cada vez más frecuente en los programas de las agencias de viajes o en Internet, se supone que para evitar la tentación de la tumbona y la mente en blanco. Pero ¿hay algo de malo en relajarse? ¿No puede producir también estrés un ocio demasiado movido?

Puede que la respuesta esté en el hecho de que el ocio mueve también una industria, la de "gente y servicios en funcionamiento las 24 horas del día, mañana, tarde y noche, para satisfacer nuestras necesidades", señala López. "Cada vez hay más tendencia a la programación de la vida ajena, por ejemplo, la teleprogramación ofrecida por las 'agencias de la diversión oficial', con lo cual un buen número de personas se convierten en presas de la inhibición y la pasividad", considera el psicólogo Martínez-Otero.

La variable económica del ocio conlleva otra de estratificación social. "El ocio nos especifica y nos estratifica socialmente. Por eso muchos jóvenes hacen botellón igual que muchos adultos se apuntan a un club deportivo, como un marcador social", como un elemento definidor, en suma, de la grey a la que se pertenece. El ocio, en suma, entendido como símbolo de estatus social, como lo catalogó el economista estadounidense Thorstein Veblen a finales del siglo XIX en La teoría de la clase ociosa.

Antonio López apunta una tercera dimensión del ocio que, ésta sí, incide en su faceta de "mecanismo para la realización interior". Pero para ello, para que el ocio "te realice personalmente y te enriquezca", son necesarias "habilidades personales y culturales". "Es más razonable un ocio maduro", bromea el profesor de la UNED desde la atalaya de sus "cuarenta y tantos"; lo contrario, la acumulación de actividades sin freno, "no es más que una repetición de actos adictivos, casi obsesivos". Pero, ya sea de calidad o a granel, lo cierto es que el ocio es una indudable necesidad, como demuestra el hecho de que sea un indicador para medir el desarrollo de las sociedades, presente desde el Programa de Desarrollo de la ONU al citado estudio de la OCDE; el último escalón de la pirámide de necesidades humanas teorizada por Abraham Maslow en los años cuarenta del pasado siglo.

En la encuesta sobre ocio y tiempo libre del Instituto de la Juventud (2001) sólo el 3,5% de los encuestados declaraba haber estado "aburrido" en los últimos tres meses. El grado de satisfacción con respecto al propio tiempo libre es en general bueno: el 25,2% se declara "muy satisfecho" y el 51,6%, "bastante satisfecho". Pero existen amplios colectivos donde el ocio no es una opción personal ni de consumo, sino antes bien un lujo teórico (es el caso de los mayores, los parados, los presos), y otros en los que el tiempo arrastra una percepción más subjetiva si cabe (los enfermos y los convalecientes, por ejemplo). Sólo en un número muy reducido de casos, el aburrimiento es patológico, es decir, un claro síntoma de alguna patología como la depresión. "La instalación en el aburrimiento, la incapacidad de disfrutar, eso que en psicología llamamos anhedonia, puede estar asociada muchas veces a una patología depresiva", recuerda el psicólogo Martínez-Otero.

Niños, adolescentes, jóvenes y adultos se enfrentan al ocio desde circunstancias diferentes pero, en el fondo, de una manera bastante parecida: con la meta de la satisfacción personal. Pero ¿qué sucede con las mujeres? ¿Hay hueco para el ocio en su doble jornada laboral? Por la conciliación de la vida laboral con la familiar, las mujeres saben distinguir muy bien entre dos conceptos que, a priori, pueden parecer sinónimos (y que puede que sí lo sean para el resto de la humanidad): tiempo libre y ocio. Si el resto de la humanidad puede disfrutar de horas muertas, o fastidiarse con ellas, las mujeres deben conformarse con unas pocas horas sueltas en las que el apetito de satisfacción personal está casi siempre supeditado a la atención y al cuidado de lo privado, es decir, de lo familiar.

El estudio de la OCDE alerta de las ostensibles diferencias de género que se dan en el ocio: las mujeres españolas disfrutan de 50 minutos menos al día que los hombres, es decir, casi 13 días menos al año. Pero encierra también alguna trampa de concepto, como por ejemplo clasificar el "cuidado personal" dentro del ocio (en España, las mujeres le dedican a diario 20 minutos más que el hombre); la segunda, y definitiva, es no reflejar la distinción entre tiempo libre (es decir, no laboral) y ocio. Cualquier mujer trabajadora, con cargas familiares, sabe muy bien que se trata de conceptos -y realidades- distintas. "Si hay un ocio para las mujeres -y especialmente para aquellas que son madres-, se trata de un ocio dedicado a la familia, al cónyuge, los hijos o cada vez más a los mayores a su cargo", subraya Nuria Chinchilla, profesora del IESE y miembro del comité ejecutivo de la Comisión Nacional para la Racionalización de los Horarios en España. "El ocio no es simplemente no hacer nada, sino hacer algo que te enriquezca, formarte, etcétera", añade Chinchilla, quien alerta del pernicioso modelo imperante en la gestión del tiempo: "Estamos generando niños adictos a la actividad", reflejo de la ajetreada vida de los mayores, "modelada por imperativo de las empresas y de unos horarios imposibles".

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