domingo, 5 de julio de 2009

Muchos niños son inducidos a mentir de manera bastarda en los divorcios

El prestigioso psicólogo Javier Urra reflexionó ayer en Granada sobre cuestiones tan controvertidas como los testimonios de los menores en juicios de abusos y presentó su último best-seller

Hay varios investigadores en España que son un referente ineludible al hablar de los menores y Javier Urra es uno de ellos. El primer Defensor del Menor que hubo en este país, cargo que ejerció de 1996 a 2001, visitó ayer Granada invitado por el Colegio de Psicólogos, del que es miembro de honor, para impartir una conferencia de psicología jurídica y hablar sobre su último libro, que está camino de convertirse en un manual de consulta para los que tienen su punto de mira en la infancia. Y no desde un punto de vista profesional, sino como padres.

ENTREVISTA

-Su obra, 'Educar con sentido común', tiene agotada ya la primera edición de 10.000 ejemplares y salió hace un mes. ¿Cuál es el éxito de este best-seller en un país en el que no se lee?

-Hay dos claves muy sencillas: que es un buen libro, tengo que decirlo, y que la gente quiere educar bien. La mala noticia de mi éxito editorial es que cuando he estado firmando en la Feria del Libro de Madrid sólo venían mujeres. Eso es una mala señal porque puede ser reflejo de dos cosas: que la mujer es una aspiradora de la educación y no deja hueco al hombre o que éste todavía no ha dado el paso adelante y la compañera carga con el peso.

-En qué consiste exactamente 'educar con sentido común'.

-Educar bien y con coherencia a los niños para que tengan respeto, para que sepan que es la autoridad y cuáles son los límites. Que sepan ponerse en el lugar del otro, practiquen deporte, contacten con la naturaleza y al mirar a las estrellas tenga un sentido de trascendencia.

-El respeto, el deporte o el contacto con la naturaleza se escuchan más a la hora de hablar de pedagogía pero es menos frecuente lo del "sentido de la trascendencia".

-Los niños también tienen que hacerse preguntas sobre las cuestiones esenciales: qué hacemos, dónde estamos, para qué venimos al mundo. Hay que darle un sentido a la vida, sea éste religioso o ayudar solidariamente en una ONG. Existe mucha gente ceniza, negativa, con ideas paranoicas y que hablan mal de todo el mundo frente a adultos muy optimista y con mucha esperanza. Y para esto último es para lo que tenemos que educar a nuestros hijos.

-Pero hay muchos adultos muy egoístas, con un egocentrismo casi adolescente. ¿Cómo van trasmitir esos valores a sus hijos?

-Es que hay padres que no son adultos, y eso es un gran problema. Yo tengo 51 años y escucho a mucha gente de mi edad: "Estoy hecho un chaval" y pienso "no, perdona, tu tienes 51 años. No te confundas". Si tú eres un padre de 50 que estás tratando de ligar con una chica de 25 y tienes un hijo de 28, ¿cómo quieres que te vea? Para educar tienes que tener criterio y hay gente que es Wendy o Peter Pan toda la vida.

-Y eso que, como señala en el libro, una de sus preocupaciones es que la paternidad se está retrasando ahora mucho en España.

-No hay que generalizar. Es cierto que la situación no permite la necesaria estabilidad, y es lógico que se retrase. Lo malo es que, si es madre o padre muy mayor, se puede tener más laxitud y, al haber más distancia generacional, a veces se confunden los papeles de padres con los de abuelos. Además, en muchos casos, se tiene un hijo único y es más fácil que utilicen el chantaje para que se consiga su cariño. Pero hay padres mayores estupendos y ser padre con 17 años también es muy difícil.

-La adolescencia tiene fama de ser la etapa más crítica de la educación. ¿Cuáles son los principales problemas de este periodo?

-Hay que perderle el miedo porque la juventud no es ni mucho menos botellón, violencia y anorexia. Pero es cierto que el alcohol en España es un problemón. El otro gran problema es la sobreprotección propia de un país que es nuevo rico. El niño tiene que saber lo que es el esfuerzo y la voluntad.

-Pero hacer que los niños se esfuercen parece un tabú en el sistema español, como el castigo.

-Pues si se educase bien se reducirían muchos problemas sociales. Por supuesto que a los menores hay sancionarlos y, si es necesario, duramente. Pero la sociedad lo que quiere es endurecer las leyes, y esa tampoco es la solución porque el daño ya estaría hecho.

-¿Qué opina de las sentencias del juez de Menores Emilio Calatayud?

-Hemos coincidido en el Congreso de los Diputados defendiendo la Ley de Responsabilidad Penal del Menor. Lo que hace Calatayud se hace en todos los juzgados de España, pero él es un hombre que lo explica muy bien en los medios de comunicación. Tiene valor, es inteligente y se fía de lo que dicen sus psicólogos. Pero te digo una cosa, a Emilio no le tiembla la mano cuando a uno lo tiene que encerrar. La sanción es parte de la educación.

-Como psicólogo forense en la Fiscalía del Tribunal Superior de Justicia de Madrid, ¿cree que los niños deben testificar en los casos de abusos sexuales?

-Mi teoría es que deben asistir. Yo he sido primero Defensor del Menor y no es verdad que sean tan frágiles, aunque hay que prepararlos para el juicio y saber qué preguntas se les pueden formular y cuáles no. Si el niño puede demostrar quién es el verdugo, en ese mismo minuto queda claro quién es la víctima. No hay mejor terapia. Desaparece el sentimiento de convivencia. Es interesantísimo, pero sé que hay compañeros que me lo van a discutir.

-El primer menor que testificó contra Michael Jackson ahora se ha retractado y dice que lo obligó su padre. ¿Cómo determinar la credibilidad que tienen esos testimonios?

-Hay una técnica compleja para determinar si dicen o no la verdad. No se pueden revelar los mecanismo, pero las cosas se cuentan muy distintas cuando se han oído de cuando se han vivido. Los niños no mienten pero son inducidos a hacerlo de manera bastarda en muchos procesos de separación.

-Usted puso en marcha y trabajó durante 8 años en un centro de educación especial en Madrid. ¿Qué opina de lo que está pasando en el Jean Piaget de Granada?

-Hay chicos que por sus brotes psicóticos o sus conductas autoagresivas necesitan tener contención farmacológica. En otros caso es necesaria la contención mecánica y que estén separados para no darles tantas medicinas. Pero siempre que un centro terapéutico requiere sancionar o aislar es necesario explicar que esas medidas tiene una razón o una lógica, que son coherentes. Lo que hace falta es una supervisión de la administración porque la frontera entre lo que es educativo y lo que es maltratador resulta muy débil.

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