martes, 2 de junio de 2009

Un estudio longitudinal sobre la evolución de la autonomía emocional durante la adolescencia

El concepto autonomía emocional en el marco de las relaciones familiares durante la adolescencia hace referencia al alejamiento emocional de madres y padres que se produce durante la segunda década de la vida y al establecimiento de unos vínculos afectivos con ellos más simétricos que los que habían caracterizado su relación durante la infancia.

En el origen del estudio de la autonomía emocional se sitúan los trabajos de autores psicoanalíticos como Anna Freud o Peter Bloss, que consideran que cierta ruptura y distanciamiento en la relación con los progenitores es un requisito indispensable para el desarrollo saludable durante la adolescencia. Muy influenciados por esta perspectiva se encuentran los trabajos de Steinberg y Silverberg, que en 1986 publican la primera escala para evaluar la autonomía emocional. Ellos entienden que la autonomía emocional está formada por dos componentes, uno de carácter cognitivo que hace referencia a aspectos como la desidealización de los progenitores, y otro de carácter más propiamente emocional como el sentimiento de independencia e individuación. El componente cognitivo implicaría una visión más realista y desidealizada de los padres, mientras que el componente emocional supone el sentimiento del adolescente de ser capaz de desenvolverse en la vida de forma independiente sin el apoyo de sus padres. También desde esta perspectiva la autonomía emocional sería algo necesario para adquirir los roles adultos y aumentaría con la edad.

Un punto de vista diferente es el defendido por autores como Ryan y Linch (1989), que han puesto en entredicho que la desvinculación afectiva sea necesaria para el desarrollo adolescente. Para ellos, la autonomía emocional respecto a los padres puede estar reflejando problemas en la dinámica familiar que no va a suponer ningún beneficio para el adolescente. En esta línea, se encuentran también otros trabajos que destacan la relación negativa que existe entre la calidad del medio familiar y la autonomía emocional (Oliva y Parra, 2001), así como entre esta variable y el bienestar de chicos y chicas. Según estos trabajos, una elevada autonomía emocional sería la consecuencia de unas relaciones familiares problemáticas y poco satisfactorias, por lo que se relacionaría con toda una serie de indicadores de pobre ajuste adolescente.

Con el objetivo de conocer la evolución de la autonomía emocional a lo largo de la adolescencia y para profundizar sobre su significado en la dinámica familiar, se entrevistó a un grupo de 101 adolescentes coincidiendo con su adolescencia inicial (alrededor de 13 años), media (15) y tardía (17). En la entrevista se incluyeron cuestiones sobre su autonomía emocional
y diferentes dimensiones del funcionamiento familiar.

Respecto a la evolución de la autonomía emocional durante la segunda década de la vida, los datos indicaron que la evolución de dicha autonomía era bastante estable. La mayoría de los chicos y chicas describieron unos niveles semejantes de autonomía en la adolescencia inicial, media y tardía. Sin embargo, las dimensiones parciales que la conforman, dos de carácter cognitivo –Desidealización y Padres como personas corrientes- y otras dos afectivas –Individuación e Independencia- sí muestran cambios (ver figura, pinchando aquí).

Los chicos y chicas de la presente muestra tuvieron una visión más realista y menos idealizada de sus madres y padres a medida que transcurrían los años (Desidealización), y manifestaron una actitud más independiente, sintiéndose cada vez más capaces de enfrentarse a diferentes situaciones sin su ayuda (Independencia). Por otro lado, la individuación, que hace referencia a si los jóvenes son capaces de analizar la forma en que sus padres los han educado, no mostró cambios con la edad. Esta continuidad apuntaría a que es un aspecto alcanzado por la mayoría de los jóvenes en la adolescencia inicial y que no va a experimentar cambios significativos con la edad. En cuanto a la evolución de la dimensión Padres como personas corrientes, los datos señalaron que éste era un aspecto que disminuía con la edad. Esta dimensión cognitiva implica sentir cierta preocupación por cómo se comportarán los padres fuera de su rol de padres, cómo serán por ejemplo en una fiesta o con otras personas. Probablemente, esta preocupación sea algo más elevada en los primeros años de la adolescencia, y desaparecerá en la medida que chicos y chicas descubran que sus padres son personas con una vida propia.

A pesar de la elevada estabilidad de la autonomía emocional tomada de forma global, los análisis también identificaron grupos de adolescentes cuyas trayectorias son fueron estables. De forma que, los que percibieron más cambios fueron aquellos que en la adolescencia inicial partían de unas puntuaciones superiores. Estos jóvenes más autónomos en la adolescencia inicial se dividieron a su vez en dos grupos, uno que siguió una trayectoria ascendente a lo largo de los años y otro que experimentó un decremento, situándose en niveles semejantes a sus compañeros menos autónomos. Según los resultados, el aumento en autonomía emocional llevaría aparejado un empeoramiento de las relaciones con los padres, mientras que su disminución parecería estar relacionada con una mejoría. Si la autonomía emocional está relacionada con un funcionamiento familiar difícil, no es de extrañar que desde el inicio de la adolescencia surjan dos grupos distintos en función de sus puntuaciones en esta variable. Un grupo mayoritario que mostraría niveles bajos y que presentaría unas relaciones positivas con sus padres, y otro, menos numeroso que manifestaría unas puntuaciones más elevadas reflejo de unas interacciones más complicadas. Si se tiene en cuenta que los primeros años de la adolescencia son un momento de inestabilidad para el sistema familiar, es lógico que aparezca un grupo de jóvenes que en este momento presente unos niveles elevados de autonomía emocional y que tienda a disminuir posteriormente. Probablemente, la normalización de las relaciones en el hogar y el establecimiento de un nuevo equilibrio se relaciona con el decremento posterior de su autonomía emocional, ya que como indican los resultados, elevados niveles de autonomía emocional están relacionados con entornos familiares difíciles y más conflictivos. Para otros jóvenes, sin embargo, las relaciones con madres y padres seguirán siendo difíciles a lo largo de toda la adolescencia, lo que se reflejará en unos niveles de autonomía superiores a los del resto de sus compañeros.

Estos resultados coinciden con los de otras investigaciones realizadas en Europa, ya que los jóvenes que muestran mayores niveles de autonomía emocional serían los que presentan unas relaciones más difíciles con sus madres y padres, caracterizadas por conflictos frecuentes, baja comunicación y escasa cohesión. Así, es posible que la autonomía emocional no sea un requisito necesario para convertirse en adulto independiente, sino que más bien sea el reflejo de unas relaciones familiares difíciles. Probablemente, lo que promueva el desarrollo óptimo, al menos en nuestra sociedad donde la familia tiene un papel central, sea la autonomía combinada con el establecimiento de vínculos interpersonales positivos. Así, el logro que chicos y chicas deberían adquirir durante la adolescencia sería desarrollarse como individuos autónomos, siendo capaces al mismo tiempo de mantener relaciones positivas con los otros, sobre todo con madres y padres.

Sobre los autores:

Águeda Parra Jiménez. Es doctora en Psicología con el Premio Extraordinario de Doctorado. En la actualidad es profesora contratada doctora del departamento de Psicología Evolutiva y de la Educación de la Universidad de Sevilla. Ha participado como investigadora en diversos proyectos financiados por el Ministerio de Ciencia y Tecnología y la Consejería de Salud de la Junta de Andalucía, y ha publicado diversos artículos y capítulos de libros relacionados con el desarrollo adolescente y las relaciones familiares durante este momento evolutivo.

Alfredo Oliva Delgado. Es doctor en Psicología por la Universidad de Sevilla, y profesor titular en el departamento de Psicología Evolutiva de dicha universidad. Sus intereses como investigador están centrados en el estudio de los procesos de desarrollo socio-emocional que tienen lugar durante la adolescencia: relaciones familiares, relaciones con iguales, sexualidad. En esa línea, ha dirigido diversos estudios sobre el desarrollo durante la adolescencia.

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